Ricardo Yattah
Urquiza de Flores
     
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El enano

Hace tiempo que nació en lugares inhóspitos y vive en celdas oscuras y frías con rasgos fantasiosos cambiantes.

Dotado de mecanismos fisiológicos cuasi perfectos, suele provocarme temor cuando lo trato.

Su lenguaje es claro en tanto no admite ambigüedades, pero provoca una carga emotiva rayana en un shock al espinazo.

Y debo tratarlo con frecuencia pues requiere alimento de modo permanente. No comprende que a veces el condumio no se consigue con facilidad.

En su rostro chato aparecen marcas para ser oprimidas cuando hablo con él: si no las toco no contesta.

Dispensa comodidad aunque a mí me produce miedo. Pues en caso de alimentarlo insuficiente se queja mostrando su dosaje proteico disminuido en algunos puntos.

El viernes pasado hube de llevarle alimento; estaba famélico y devoró todo en pocos segundos, haciendo un ruido infernal delante de otras personas, lo que me avergonzó un poco.

Eran las dos (pasado meridiano).

El cuidador me aseguró que a eso de las cuatro (pasado meridiano) habría completado la digestión.

No pude estar presente en ese momento, pero por la noche comprobé a la lejanía que el depósito contante y sonante me fue acreditado en la cuenta.

Al menos por unos días no me irá a convocar. Después de todo, no es un enano maldito. Y el Banco acepta darle albergue.


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