Ricardo Yattah
Urquiza de Flores
     
Inicio Las divisiones

Noche de Milonga

Al antiguo barrio de Belgrano
Años treinta. Noche sin cena. Empilche de bacán. Primero una mirada al bar de Correa y Cabildo. Aún es temprano pero ya se timbea fuerte. Tan fuerte que hasta algún desesperado se jugó el coche. ¡Y paga la jugada! Y le pregunto a Magaldi si quiere dar una vuelta. Su gesto es evidente, el humo y el alcohol le molestan la gola. Pobre ciudad coloreada al tono. Menos mal que Magaldi existe. Flaco y ojeroso, pero existe.
Lo invito a que salgamos del enjambre de rieles de la avenida y nos internemos por las calles que terminan en el río. Es el barrio de él, nuestro barrio. Compartido en el humo de un cigarrillo. En su voz cadenciosa y romántica, casi un lamento. Y en su mirada de poeta tierno, que todo lo ve y no lo olvida.
Por Cuba hace mucho que instalaron los rieles para el tranvía. A veces, lo usan para enseñar a conducirlos. Y otras, para despabilar vagos como nosotros hasta las Barrancas de Belgrano.
Pero seguimos a pie con la hermosa visión de las casonas viejas, sus puertas con aldabas, sus jardines delanteros ornados de rosas y alguna ventana que nos regala un perfil femenino absorto frente a un piano. Y entre música y perfume, la voz metálica de Magaldi desgranando la tristeza de un vals que se va y se pierde en los oídos anónimos.
Y es lindo caminar con Magaldi. A veces me cuenta de su niño, a quien quizás legará su voz y su imagen. Porque ya presiente que él se irá de viaje antes de que salga el sol y lo madrugue. Por un lado, me entristece. Y a pesar de eso, yo también vaticino que el cantor se irá pronto. Pero sigamos caminando . . . carajo. Que el olor a glicinas y algunos perfiles se nos han enterrado hasta la médula.
Y pasamos por su casa, a un paso de Arcos y Congreso. Y me invita a un trago. Y le digo que no, mejor las Barrancas. (No quiero entorpecer el sueño del pibe). Y pasamos por la mía, comprada a la medida de Magaldi, a una cuadra de la suya. Y la plaza Alberti, con los enamorados ocupando los rincones. Total, para ellos se hicieron las plazas. Yo estuve una vez en gayola. En los inicios. Y me arrastró de buenas; era casada infiel.
Después las últimas cuadras hasta llegar a Juramento. Y la casa de Larreta y el Museo y la cúpula de la Parroquia. Y esas ganas intensas de recitar a Barquina. Pero me gana de mano, Magaldi recita mejor. Y me habla también de las églogas y de la vida pastoril. Y yo no le creo. Él nació para ser absorbido por los adoquines de Buenos Aires. Por los mismos que me deglutirán a mí cuando el fueye se ponga débil y quejoso. No importa Agustín, lleguemos hasta las Barrancas.
Y aquí estamos de pie, en la parte más alta del inclinado. Mirando el paso de los primeros colectivos (invento nuestro) y los tranvías y el tren y la estación,  oliendo el pasto mojado en la glorieta vacía. Sí, la glorieta donde nadie molesta y podemos declamar a nuestras anchas. Y ajustamos la voz. Y mientras yo recito él se anima y vocaliza. Y es un dúo que nadie conoce. Pero sabemos que somos amigos. Y así nomás no se amura el binomio.
El guardián se acerca creyéndonos chiflados. Cuando lo ve a él, todo sigue igual.
Y tenemos hambre y no tenemos plata. Apenas para el tranvía y volver al bar de Correa. Nos jugamos, el escolazo está que arde. Pedimos diez patacones prestados. Los ponemos al monte. Y el monte los duplica. Y triplica y mejor sacalos Magaldi, porque tenemos hambre. Y al costado del salón preparan un guiso carrero.
Y la noche de milonga se nos corta llena de seca.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Quién lo hubiera dicho Agustín que en la repartija te tocó a vos primero. Y yo me quedé para vestir un nuevo siglo. Pero ya no hay casonas, sólos espantajos, rajaron al tranvía. Y en las esquinas de nuestro barrio ni una sola piba esperando el endulce. Están bien afiladas, pero se me hace que a veces no son minas.
Y ya no los encuentro ni a vos ni a tu hijo. Tengo algunas pastas con las voces rescatadas. Pero no las escucho. Me entristece.
Y me voy todas las noches al café de Correa y Cabildo, a ver si el escolazo toma forma. Pareciera que juegan a la rayuela. Y no sé qué apuestan. Hoy . . . se apuesta cualquier cosa,  hasta la mina más querida.

 

Barrio de Belgrano, un día cualquiera de los años setenta.
Ramiro Barca
Mención especial del Foro de la Memoria de Pompeya (ref: Acho Manzi) año 2009  


De vuelta a la página distribuidora de Ricardo Yattah

Inicio

Download a free hit counter here.