Ricardo Yattah
Urquiza de Flores
     
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¡Que cosa!

El mito le asigna cara de vieja horriblemente flaca y exangüe, cubierta la cabeza de víboras en vez de cabellos. Su mirada es hosca y los ojos hundidos; los dientes negros y la lengua untada con tósigos fatales; con una mano ase tres serpientes, y con las otra una hidra o una tea; incuba en su seno un monstruoso reptil que la devora continuamente y le instila su veneno; está agitada; no ríe; el sueño nunca cierra los párpados sobre sus ojos irritados. Todo suceso feliz le aflige o atiza su congoja: destinada a sufrir, es el verdugo implacable de sí misma.

Lo dijo Pepe y lo sigue diciendo desde su aurora pluscuancrepuscular. No puedo asegurar si Pepe sabía que lo que dijo ya estaba escrito en el Libro de Petete. O en el protopapiro de Salomón. Pero algo intuía y no tuvo miedo en decirlo.

Unos cuantos parroquianos de Balvanera escuchaban absortos las palabras de Pepe ante una mugriente mesa de café. Y llegamos a sentir que una daga se incrustó sin malicia en nuestro espinazo. O tal vez en las mesetas del decúbito ídem.

No se asuste señor le dijimos al mozo al notar su mirada de horror. Con usted no es la cosa, ni en contra de usted. Pasa que Pepe es un fervoroso . . . sí un fervoroso defensor de la integridad del homo erectus y/o sapiens. Y hoy está sacado de su hábitat de burgués empedernido ¿No ve que lleva polainas nuevas y cuello en palomita aunque no sea estatua?

Sí señor mozo, sirva otra copa, deje la botella y quédese con el vuelto, pero no olvide lo que dijo Pepe hace un rato.

Y Pepe continuó con su cantinela. Movía los brazos aprobándose y el fuego iba encendiendo su rostro decimonónico. Menos mal que los compadritos de la mesa cercana estaban tan mamados que no prestaban atención al lenguaje abstruso de Pepe. Si no, no me quiero imaginar lo que hubiese sido el despliegue burlón e insolente de aquellos vagos por costumbre. Ello, sin perjuicio de que Pepe siempre andaba calzado por las dudas y putapudiera.

Lo cierto es que aquella tarde cambió mi vida. Empecé a pensar en grande desde lo chico y en la luz desde las tinieblas. Y me caí en la cuenta de quizás haber padecido con largueza lo que Pepe anatemizara. Él se quiso referir sin más a aquello de lo que "di questa cosa non si parla signora" y parafraseando al futuro César Bruto "la bronca del que no juna ni campanea como otros junan o campanean"

Claro, claro y se refirió a Cicerón, Plutarco, Nietzsche y otros como Magoya y Azafrán (los de mi barrio), que habían dicho lo mismo pero con un lenguaje inalcanzable para parroquianos de Balvanera como nosotros.

Esa noche me sentí boleado y no podía tomar la sopa (porque eso sí, Pepe dijo que para entender lo que decía había que tomarla en caldo magro con fideos cabello de ángel o de diablillo)

La perorata quedó grabada en mis castos oídos y no tanto, por siempre jamás y secularmente hasta hoy en que lo evoco y que Pepe ha sido en mi pobre vida paria una luz enceguecida. Si hubiera sido mujer hoy me sentiría deshonrada por las palabras de Pepe.

Han pasado muchos años con sus días y sus noches. Con el ábaco japonés llegué a contar no menos de treinta y tres mil días, es decir la edad de mil Cristos ¡qué joder!

La otra tarde al volverme a aquel bulín me dijeron que la parroquia de Balvanera ya no existe, ni parroquia ni Balvanera, aunque Pepe dejó enterrado bajo una baldosa floja el manuscrito del capítulo quinto de "El hombre mediocre"

¿Qué carajo es esto Pepe . . . de me-dio-cre? ¿la jalouise?


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