Promoción 1954
Urquiza de Flores
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Jorge Sainz nos envió lo siguiente:

 

LA VIDA COTIDIANA BAJO LOS MANDATOS DE FELIX I Y MARCOS I (1949-1954)

Los finales de los cuarenta y los comienzos de los cincuenta fueron tiempos prósperos para los argentinos y los porteños en particular. Se apreciaba en la composición social de nuestra división. Una mitad del alumnado procedía de la clase obrera y media baja. La posibilidad de convertirse en bachiller e ingresar a la universidad estaba abierta, algo inimaginable una década atrás. Tal situación sufre un quiebro en el 52, cuando  tres años ya bastaban para convertirse en bachiller elemental. Quienes se quedaron para cursar cuarto y quinto, eran firmes candidatos a acceder a una carrera universitaria. 1952 fue una criba también sustentada en una situación económica que había dejado de ser boyante sin ser crítica.
La característica común a esta época era la paz social. No existían conflictos de ningún género entre los alumnos, los profesores, las autoridades. Comparando con lo que afloró años más tarde, el colegio era una Arcadia. Los profesores atendían a sus alumnos, los estimulaban cuando veían la posibilidad de evitar un examen. Las autoridades si lo pedías eran capaces de convocar a los padres cuando había dificultades sociales o económicas. Los alumnos como siempre, estudiaban como las margaritas, mucho, poquito y nada.
¿Cómo era el tiempo de ocio que gozábamos? Lo primero a destacar era que no existían la televisión ni Internet, los carriles del ocio eran variopintos pero tampoco tanto. A menudo se recuerda una frase de León Tolstoi afirmando que pintar tu aldea era un modo de ser universal. Empezando porque no sabemos si el escritor realmente dijo eso o se trata simplemente de esas citas que a fuerza de repetirse te las crees. Yo difiero de esas aproximaciones gratuitas que pueden quedar bien pero terminan siendo tópicos.
Nuestros ocios eran  ricos pero específicos, teníamos que movernos y no permanecer hipnotizados por la TV o por la computadora. Nuestras redes sociales se asentaban en tres lazos populares cuya historia todavía no ha sido escrita. Las afinidades, independientemente que cada joven tuviera las suyas, las trazaban los clubes, los cines y las bibliotecas de barrio. Según el perfil de cada uno, y habría algunos que ignorarían a todas. El adolescente, el educando del colegio Nacional, tal éramos nosotros, disponía mientras hacía los deberes, de los fines de semana y algunas horas del día (se cursaba los sábados cuando yo ingresé, si la memoria no me es infiel) . La radio y el cine gozaban de un arrastre social irrepetible. Abundaban excelentes programas cómicos con actores inolvidables, Sandrini, El Zorro, Buono-Striano, el Ñato Desiderio, redacción El relámpago. Desde un teatro todas las noches transmitía radio Porteña una obra teatral. Otros actores que hacían su agosto eran los cantores melódicos. Gregorio Barrios, Antonio Prieto, Leo Belico, los Fernandos como yo les llamaba: Torres, Borel, Albuerne. Todos estos personajes eran inmensamente populares y se podía asistir a sus actuaciones en la radio libremente. Otro tanto sucedía con los ases del fútbol, ibas al salón auditórium (cada radio tenía el suyo) y podías tener un mano a mano con los jugadores. No había controles ni desorden, sinó había sitio todo se arreglaba para que lo hubiera. Sin dramas. Yo acostumbraba preparar las lecciones al regresar del colegio y a veces me quedaba hasta tarde estudiando o escribiendo, pasando en limpio alguna tarea y aunque ahora resulte novelesco el contarlo, después de las doce de la noche me adentraba en la nocturnidad de programas muy diferentes a los de la tarde. Y era así porque nuestra imaginación lo ponía todo, éramos incapaces de concebir que una novela, un episodio familiar cotidiano como el de los “Pérez García” se montara alrededor de una mesa con micrófonos colgantes y tres o cuatro actores muy puestos leyendo un libreto dando contenido a la acción. El sonidista  nunca faltaba con sus consabidos efectos especiales. Y doy fe que el relato de las grandes obras de la literatura nos tenían aferrados a esas radios desmesuradas en tamaño.
Otra red social eran los cines barriales, asimismo irrepetibles. Había categorías, desde los más miserables, que te llevabas la comida para pasar la tarde porque daban tres películas, hasta los más pitucos que sólo daban dos y no se permitía entrar mas que con un modesto sándwich y donde no había “coladas”. Películas que en el caso de los primeros llevaban años de estrenadas. En cambio, los cine de más categoría estrenaban pisándole los talones a las salas del centro. Obviamente el precio de la entrada era bien distinto entre los primeros y los últimos.
Luego estaban los clubes de barrio. Este fué un fenómeno social único en los barrios periféricos de  Buenos Aires. Comenzaron en los veinte y se desarrollaron muchísimo en los treinta. Muchos de ellos auspiciaban a partidos políticos de izquierda. Los había socialistas, comunistas y anarcos. Aunque estos últimos cultivaban además la formación de bibliotecas o centros culturales, actividad que asimismo desarrollaban los demás pero quizá más acompañados de actividades deportivas. Era sencillo, por eso el básket era tan popular, se montaba la cancha en un espacio relativamente pequeño que cualquier club podía disponer. Esa misma cancha se usaba los fines de semana para organizar milongas con selectas grabaciones que aliviaban las frecuentemente escasas arcas del club. Hay una película estrenada hace pocos años, “Luna de Avellaneda”, que pinta  actualizado el tema de los clubes barriales. En estos como en los cines, como en las bibliotecas, también había clases. En mi barrio, Villa del Parque, estaba el Gimnasia y Esgrima, un club que sostenía su prestigio con un equipo de jugadores que eran base de la selección nacional. Se entrenaba en esgrima, poseía un enorme gimnasio con tribunas, tenis, frontón, piscina, bochas y organizaba algunas de sus veladas con orquestas en vivo. O sea que bien lejos del típico club barrial modesto y menesteroso con tres o cuatro deportes. Otros clubes barriales de postín, Ateneo de la Juventud que estaba en Congreso, el Popular de Versalles, Hacoaj…
También integraban las redes sociales, las bibliotecas populares, resultado de donaciones como la Helena Larroque, cuando no del esfuerzo de particulares como la Florencio Sánchez, dignamente administrada por el Sr. Míguez en la Av. San Martín frente al cine Sena. Estas bibliotecas junto a aquellas alineadas a grupos de izquierda eran las mejores porque había plena libertad de movimientos para escoger un libro u hojearlo sin pasar por gestiones administrativas. Cosa que sí sucedía en las oficiales dependientes de la Dirección de Bibliotecas, desde los empleados hasta el trámite de solicitar un libro era desalentador y te daban ganas de no volver nunca.
Estas redes nos alimentaban los ocios y los estudios, fomentaban nuestra ductilidad social, familiar y colegial impidiendo que todo se condimentara en el colegio nacional porque la vida estaba y está en todas partes.

Luego del impresionante triunfo que habéis tenido al poner en marcha la web de los exalumnos del Urquiza de Flores en escasos tres años, es obvio que el fenómeno indica una necesidad comprimida que no bien halló el cauce de la tecnología para expandirse se materializó. Me he hecho la reflexión comparativa con los griegos que representan en cierto modo la infancia y la adolescencia de nuestra civilización. Nosotros, a través del colegio nacional, de esos años que a la distancia se revelan fugaces,  también volvemos a los griegos, ese período de la historia en que todo era lindo, alegre, benigno y promisorio. Nosotros, igual que los griegos, acaso sin saberlo,  en medio de la adultez, regresamos a nuestro paradigma griego cuando evocamos esa adolescencia cautiva de la belleza, la alegría y la ilusión. ===
                                                               Jorge Sainz

 30 DE DICIEMBRE DE 2011

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Este es el primero de tres apuntes acerca de la escenografía vigente durante mis años en el Colegio J. J. de Urquiza, 1949 a 1954. Dudo mucho que interesen a las generaciones que me siguieron –la friolera de cincuenta-, no obstante nunca falta alguien que por nostalgia o afán historicista pueda frecuentarlos.

I - NUMERUS CLAUSUS.

No cualquiera. No cualquiera ingresaba al Urquiza, viejo Colegio Nacional de Flores. Si con las pruebas de matemáticas y castellano no llegabas hasta 40 puntos de un máximo de 45, debías irte con la música a otra parte. Yo saqué 41 y para alegría infinita de mi madre entré a sus aulas. La historia fué así. Mi madre era de Trenque Lauquen y cada vez que en su juventud recalaba en Buenos Aires, lo hacía en una de esas típicas casas de zaguán y dos balcones al frente -, allá por Directorio y Esteban Bonorino. De su concurrencia al viejo cine-teatro Pueyrredón de Rivadavia y Fray Cayetano daba fe, asistiendo al cine o a los bailes de carnaval que ofrecía esta sala emblemática y hasta cierto punto lujosa a la que concurrí muchas veces en los primeros cincuenta. Era un timbre de honor para ella que yo perteneciera al Colegio Nacional del barrio. En ese entonces era casi un privilegio continuar los estudios en el Secundario, antesala frecuente de la Universidad. También iba al Flores, unas cuadras más allá, a otro que estaba en Bonorino, el San José de Flores. Pero había un cine especial, en la frontera, Carabobo al sur, llegando a avenida del Trabajo estaba el Continental con films menos actuales pero un sabor agreste que se las traía. También era una frontera haber cumplido 13 años, ensanchar tu horizonte, viajar solo, aunque ridículamente...de pantalón corto.Tuve que esperar los 14 para asumir mi seudo adultez. Por lo demás, a mí que venía de Villa del Parque, Flores me seducía, el colegio, la avenida Rivadavia, el hecho que muchos alumnos vivieran allí, el caserón pretencioso de Carabobo 286, palacete de postín en que disfrutábamos del método peripatético antes de cada clase. Donde habían metido con calzador en el subsuelo diversas dependencias, salas de música, de química, de Moral o de Italiano, todas allí acurrucadas. Y nosotros detrás en el anexo, seis aulas usadas por ambos turnos, de tarde y de mañana. Había una esquizofrenia en haber montado el Colegio Nacional de ¡Flores! injertado, al palacete del Señor. No conformes, detrás del anexo se empezaron en el 50 a montar unos barracones de madera precarios, rústicos, impropios de un colegio nacional. El Nacional Nº 9 Justo José de Urquiza se iba en títulos, en prestigio, en calidad del profesorado que no era poco. También el nivel del alumnado era bueno y el fracaso escolar mínimo. El 60% del núcleo inicial llegó a quinto (sin contar los traslados, que no abandonos a otros centros). Primero y segundo años eran una criba, en tercero quedaban seleccionados la mayoría para acceder a la Universidad. Más de la mitad de mi división fuimos compañeros los cinco años, un porcentaje elevado si se tiene en cuenta que el resto ya venía de cuarto. No resultaba muy diversa la situación en 5º3ª, supongo que nosotros éramos un muestrario de las pautas de la época. Conflictos de alumnos con profesores o de alumnos entre si, escasos. Siempre hubo y habrá recaudadores de amonestaciones pero no recuerdo expulsiones.

En los alrededores había por Pedro Goyena una escuela industrial, enfrente un colegio primario, más allá por Directorio frente a la plaza de la Soberanía un colegio religioso importante, llamado creo N.S.de la Misericordia. El colegio tenía dos entradas, la principal sobre Carabobo para los profesores, padres y proveedores, en ocasiones también salida de alumnos por la tarde. Por José Bonifacio estaba la auxiliar que era la real para nosotros porque por allí entrábamos todos diariamente.

Donde se montaban los barracones detrás del anexo, se extendía un baldío que alcanzaba la cortada de Pumacahua, campo del honor donde los compañeros defendían su prestigio y su dignidad. Enfrente, en el esquinazo, la librería-papelería de siempre. No recuerdo bares en las cercanías pero sí abundaban en Rivadavia. Para billares y casín, el primer piso del Odeón. Para pizza y empanadas, La Cuyana era insustituible. Los chicos se rateaban por la plaza cercana o los cafés de Flores. Luego estaban la Iglesia espléndida y monumental con sus cortadas de alrededor, -Salala, etc.. Pervivían en franco descenso las casas solariegas y aun las del siglo XIX como Marcó del Pont y demás con nombres de mujer o de flores. Flores no era multitudinario como ahora, había sitio para caminar, para estacionar, para el ocio sereno.

Tenía sus propias figuras, Roberto Escalada –actor famoso en la cumbre de su carrera-, Antuco Telesca, Reynaldo Mompel, Jorge Lanza, ases de las radionovelas de Nené Cascallar que organizaba de tanto en tanto en el cine-teatro Fénix, sus veladas rodeada de amigos y actores y un público fervoroso. El colegio estaba ubicado en realidad en el borde este del distrito, algo excéntrico con respecto a la Plaza Flores. Y ¿qué pasaría con los aspirantes que no reunían el numerus clausus? Es probable se derivaran a otros colegios lejanos al barrio. Escaseaban los colegios secundarios. El nuestro era el colegio situado más al oeste de la capital, de Carabobo hacia la Gral Paz no había otro. Estaba en Almagro nuestro padre, el mejor y más prestigioso de Buenos Aires (exceptuando el Buenos Aires de la calle Bolívar que estaba adscripto a la UNBA) con un edificio "ad hoc" , el Mariano Moreno. En Palermo, también había uno muy famoso, el Nicolás Avellaneda. Recuerdo algunos más que nunca conocí como el Belgrano o el Sarmiento y el Mitre.

Para optar al examen de ingreso que entonces eran muy comunes en muchos de los secundarios, fueran estos nacionales, comerciales, industriales y normales, si bien podíamos prepararnos `por cuenta propia lo inteligente era ponerse bajo la tutela de un maestro que te exigiera y pusiera al tanto de los temas a examinar. En Villa del Parque tuve una profesora a la que un grupo de postulantes íbamos a diario, nos daba deberes e incluso un libro que se llamaba "Manual de Ingreso". O sea que las cosas se hacían en serio todavía. En diciembre de 1949 pisé el Urquiza por primera vez.**. Todo me resultaba extraño y ajeno y me costaba asumir esa retahila de profesores y materias, apareciendo y borrándose cada 45 minutos. No sin inquietudes e inseguridades me acercaba al gran día del bautismo en el bachillerato.

 

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II    AL MAESTRO CON CARIÑO

Estaban  los profesores, luego los celadores más las autoridades que en realidad era única, el rector o el vicerrector, cada uno en su turno. Dicho así escuetamente no seríamos ecuánimes sino estableciéramos algunas distinciones que paso a enumerar.
            Para mí existen los maestros, los profesores y los funcionarios. Maestro conocí uno solo, Marco Viberti. ¿y qué es un maestro? Un maestro es alguien ejemplar que nutre con su vitalidad y su nobleza el alma del educando, que sabe guiarlo sin condescendencias y sin severidades trasnochadas por un camino de verdad, de sencillez, de conocimiento. Marco Viberti, era  un hombre de modales bruscos, un profesor de dibujo  más. Pero fue un maestro no por la materia que dictaba sino por  su nobleza, su vitalismo, su tolerancia. Un hombre bueno, decente y fiable. Un hombre para guiar, para encabezar  sin subyugar.  Fue el único maestro que conocí en el Nacional de Flores. Una anécdota. Cuando me diplomé de bachiller estaba deseoso de hallar un interlocutor válido en el colegio, entonces se me ocurrió citarme con el rector en el café Tortoni. Allí asistió  para conversar con un alumno que requería de su consejo, de su reflexión, como  un amigo más. Tuvimos una charla amena, prolongada y orientativa acerca de mi futuro inmediato. Asumió la rectoría en setiembre del 53 y le tocó representar al Urquiza en un momento crítico de su historia, con movilizaciones, ocupaciones, siempre al frente de todos y para todos. ¡Salud! Don Marco.
            Los profesores, que no abundaban, ni eran maestros,  me refiero a sus conocimientos, a su modo de llevar la clase, a su estilo de calificar, a su inmersión en la materia que dictaban, eran las columnas del sistema de enseñanza. Brillaban con luz propia, Angel  Mazzei  (literatura española y americana), Fernández Martínez (zoología), Lamenza (física y trigonometría), Petrazzini (castellano 3º), Vainer (sicología), Dassen (anatomía 3º y 4º), Eguía Seguí (castellano 2º), los profesores de idiomas eran todos muy buenos aunque cabe una mención especial para Rojo Mazorra (inglés), Sánchez Sorondo (Historia 2º), más un conjunto heterogéneo de profesores que no sobresalía. De todos ellos no hubo nadie que supiera más de su materia que Mazzei, arrasaba por su erudición, Un as. Fernández Martínez resultó mi mayor frustración. Estuvo sólo un año al frente de Zoología 2º año y fue para mi el profesor más estimulante que he conocido en el bachillerato. De condiciones humanas y profesionales sobresalientes, este buen hombre que resultó visto y no visto se ausentó a la Patagonia y nunca más nadie supo de él. Volviendo a Mazzei, digamos que fue un inspirador, un movilizador de conciencia desde el horizonte de la literatura, un portal de conocimiento. En el aspecto más destacado de su quehacer impulsó en 5º año una serie de trabajos monográficos que apuntalaron la afición a la literatura para quien la tenía. A mí me encargó “Las baladas en la poesía argentina moderna”, título que escogió más tarde para una de sus obras. Investigando ese asunto para mí totalmente desconocido me recorrí todas las bibliotecas importantes de Buenos Aires. Frecuenté la Nacional que estaba en la calle Méjico. ¿Y saben cómo se pedía un libro en esa época (1953-54)? Se llenaba un formulario con los datos personales y el libro solicitado (previa búsqueda en esas gavetas incómodas que orillaban la gran sala de lectura). Luego había que esperar un tiempo incierto hasta que tu número apareciese colgado de unas cuerdas que como si fuese un tendedero estaban dispuestas sobre la plataforma que presidía la sala. Si demoraba mucho era posible que no encontraran el libro y tenías que averiguarlo. Así libro tras libro. También, gracias a Mazzei, colmaba mi rosario de bibliotecas con la del Congreso,  la del Maestro, las barriales y al cabo de seis meses, el monográfico de las baladas vió la luz. A otros alumnos les encomendó temas tan peregrinos como “las mesas y las sillas en la poesía argentina”,  “las aves…etc. “y todas las monografías en ese plan. Al fin y al cabo, la mía era la más coherente y literaria. Otra faceta de Mazzei era a la hora de calificar con dígitos, siete con treinta, ocho con cincuenta, nunca un diez a menos que el alumno lo justificara por necesidades de exención. Sin comerla ni beberla, en el primer trimestre de 4º, -nuestro estreno con don Ángel- tuve el promedio trimestral más alto para sorpresa e intriga de mis allegados y mía en primer lugar. Imposible desentrañar el universo de Mazzei en ese tema. Además yo lo castigaba con unos “ensayos críticos” que le entregaba para conocer su opinión. Él, paciente me los leía y devolvía con indicaciones y comentarios que certificaban su bonhomía. Por esa época me dio la vena de “interpretar” textos de escritores argentinos como Payró,  House o  Scalabrini Ortiz. Recuerdo con humor que cuando le presenté mi visión acerca de “El hombre que está solo y espera”, libro difícil para mí - se trataba de un ensayo social- y no de una novela, lo primero que me dijo  me desconcertó. Conocer que el autor de marras era famoso por la publicación de la mejor historia de los ferrocarriles argentinos hasta el momento.. Cuando escribí el trabajo de las baladas cometí el error de incluir nada menos que a Rafael Alberti entre los baladistas y no recuerdo sino contrabandeé algún otro. Inmune a esos fallos, Mazzei era un dechado de tolerancia, de acompañar módicamente al alumno. No estilaba dictar clase magistral, más bien acotaba la lección que brindaba el alumno. Nosotros no éramos capaces de asimilar todo lo que él ofrecía porque recién estábamos rompiendo el cascarón de la cultura.  Magdalena Lamenza era una profesora a la que algunos alumnos prestaban atención libidinosa, pero al margen de esas vocaciones era una mujer sobria, sería y dueña de su materia. Nos dio física , trigonometría y cosmografía con elegancia. Así como era ella. La Petrazzini, como se la llamaba habitualmente, .fue la que descubrió que además de una élite social (hablaremos más delante de ello) existía otra,  intelectual y culta en la división.. La Petrazzini nos bautizó como “la elite” a secas, a quienes seguían sus pasos,  no sin cierta inquina por parte de los demás, pues la élite no superaba  los cinco miembros. Tenía el hábito de sentarse entre los pupitres, nunca en el escritorio. Pequeña y movediza, sometía a la clase a demandas continuas lo que provocaba que nadie se durmiera. Hablaba mucho, con rotundidad y convicción, alrededor de su materia. Si la seguías aprendías mucho. Empapada del saber de los grandes lingüistas y filólogos de su época, a la mayoría le disgustaba su estilo un tanto autoritario y mordaz en una materia que no despertaba muchos entusiasmos.
            Vainer y Dassen eran los “dictadores”. Dictaban sus clases palmo a palmo, aunque con estilos contrapuestos. Mientras Vainer era un hombre tranquilo que nos brindaba unas clases que daban la sensación de ser predeterminadas, Dassen nos dictaba sus enseñanzas en medio de un silencio sepulcral. Maníaco con los ruidos, el más mínimo desencadenaba una erupción colérica. Se daba vuelta y preguntaba por su autor que a veces terminaba en la puerta del aula. Una lapicera al caer, la tapa del pupitre golpeada al descuido podían convertirse en una contrariedad inasumible por Dassen. Por lo demás eran buenos profesores, nos hacían estudiar y al fin de cada trimestre no teníamos escapatoria. Se tomaba una prueba anunciada que decidía la nota sin muchas apelaciones. Vainer tuvo una iniciativa interesante mientras lo tuvimos de profesor. Una mañana llevó a la división al Hospicio de las Mercedes (actual Hospital Borda) donde se desempeñaba como uno de los jefes de servicio y nos dio la clase exponiendo con pacientes reales los rasgos generales de cada síndrome siquiátrico.  Dassen, a su vez era uno de los médicos más destacados de la Cátedra de Medicina Interna cuyo jefe era el Dr.Fustinoni, además de ser autor y colaborador de varios libros para la formación de los futuros médicos. Fuera del ámbito de las clases que dictaba, aunque siempre adusto solía responder a sus alumnos con normalidad.
            Y estaban los funcionarios.¿qué significa un funcionario en la enseñanza? Se trata de un señor que asiste a clase como profesor, que habitualmente no explica ni comenta nada. Esto no se sabe si es por ignorancia o por indolencia. Señala con el dedo desde y hasta dónde abarcará la próxima clase. Califica con generosidad y examina a sus alumnos con pruebas anunciadas. De vez en cuando algún comentario sobre el tema vigente y el resto es pasividad activa aunque parezca un contrasentido. Pues bien, obviamente no mencionaré a ninguno de estos funcionarios aunque sí calculo que su incidencia en el conjunto del profesorado rondaba el 20 por ciento. Nada grave, sólo dejación de deberes.
            Tuvimos varios jefes de celadores. Recuerdo a Cascante, Soria, Wirth, todos flexibles y sin problemas. La oveja negra resultó ser Gaitán. Un extraterrestre que trataba a niños de trece y catorce años como auténticos delincuentes. Torcía el gesto y allí íbamos camino de las amonestaciones por nimiedades. Pésimo talante el de este imbécil metido a sheriff.  Por lo demás, todos los celadores eran amigos del alumno y señores en el mejor sentido de la palabra. Evoco algunos nombres, Leiva, Sanjurjo, Echeverría, Biondi, el propio Wirth. Todos estudiantes universitarios.

            La plana mayor era un unicato, nunca estaban rector y vicerrector juntos en el colegio. Conocí a Félix Nattkemper como profesor de botánica, ya a punto de retirarse de todos sus cargos, incluyendo la rectoría.  A mí me tocó vivir la época de Rezzoagli en ejercicio del rectorado. Un hombre bueno y condescendiente, con la mano dispuesta a media altura para ofrecerte la bendición en cualquier momento  junto a su verbo afectuoso y comprensivo. Luego, promediando el 53, vino Viberti como rector. **

III   TODOS ERAN MIS HIJOS

Sí y hubiera habido muchos más de no ser por el numerus clausus. Ya comenté que desde Flores hasta la general  Paz no  existían colegios secundarios. Villa Luro, Liniers, Floresta, y más hacia el sur, Mataderos, Lugano,  Soldati, Patricios, barriadas demográficamente importantes, carecían de escuelas secundarias y no solo colegios nacionales sinó también comerciales e industriales. O sea que la frontera pedagógica
éramos nosotros, el nº 9, lo que supone que había otros ocho en la Capital Federal. Estaban repartidos por Palermo, Almagro, Once, Belgrano.  Esta realidad provocó que en primer y segundo año acudieran a las aulas muchos jóvenes procedentes de esos barrios del sur y del oeste carentes de ese nivel formativo. Y aun del extrarradio de la Gral. Paz: Ciudadela, Haedo, Castelar. Si a la diversidad de procedencias sumábamos ese desfile de profesores y materias, el panorama para el recién llegado- que éramos todos- se evidenciaba difícil y un tanto desestabilizador. Ocho a diez materias con sus respectivas bibliografías, cuadernos y novedades de todo tipo se cernían sobre el alumnado salvajemente. Cada uno se las rebuscaba –como yo- en conseguir algunos libros para que la economía familiar no se resintiera, a pesar que vivíamos una etapa de economía boyante en Argentina. Fue precisamente la prosperidad alcanzada por las clases más modestas la que propulsó la incorporación de los hijos de esos sectores a la educación secundaria. Nuestra división contaba con al menos una tercera parte de alumnos procedentes de las clases media-baja y obrera. Era un cambio radical porque seis o siete años antes no hubiese habido nadie. A lo largo de la década, este fenómeno social se revirtió no bien la situación económica se iba deteriorando. Hasta el 52 inclusive estas tendencias no sufrieron cambios, pero ya en 4º año el panorama retrocedió parcialmente y las incorporaciones se limitaron a quienes aspiraban al nivel universitario. Recordemos que en ese entonces, tener aprobado 3º año implicaba titularse de “bachiller elemental”, algo que valía a la hora de un empleo.     
            Todo era extraño cuando no imprevisto. Los compañeros de 2º nos parecían “grandes y avezados”, para qué mencionar cómo veíamos a los de 5º, a esos les llamábamos directamente “padres de familia”. Y la universidad la percibíamos como una quimera. Pero las rutinas nos fueron acomodando a estos horizontes desconocidos alentados por la perspectiva que si continuábamos al año siguiente, entraríamos en la categoría de “grandes y experimentados”. Y las rutinas alimentaban nuestra confianza, eran un lenitivo para nuestras dependencias. Una de las más bonitas sucedía cada crepúsculo: el arriado de la bandera mientras entonábamos esa bellísima canción llamada Aurora…Alta en el cielo, un águila guerrera,/ audaz se eleva en vuelo triunfal; / Azul un ala del color del cielo, / Azul un ala del color del mar… ¡qué inspiración la del maestro Panizza! En ese momento quizás no la sentíamos como ahora en que nos emociona hasta las lágrimas, sesenta años después, que ya es decir. Formado en filas de a dos en el patio del colegio seguíamos la ceremonia con desapego, pero los rituales poseen un poder misterioso que hace que hoy con sólo evocarlos resucita. Luego venia el regreso a casas colgados del 134 que indefectiblemente circulaba lleno. La línea hacía el recorrido desde Villa del Parque en Nazarre y Cuenca  hasta el Puente Pueyrredón, en Barracas, a la vera del Riachuelo. Era el colectivo de los hospitales. Increíble. Tocaba el Álvarez,  el Penna, el Churruca,  la Maternidad Pardo,  el Bonorino Udaondo, el de Cirugía Torácica,  el de Tisiologia, Muñiz,  Rawson,  Borda, Moyano. Cuando me tocó el servicio militar en Sanidad también viajaba en el dichoso 134. Y por último cuando siendo estudiante asistía a clases en el Hospital Fiorito. En distintas épocas y sucesivamente cambió de infraestructuras, desde los monstruosos Mack hasta diversos modelos de colectivo. Compañero habitual de viaje era Cartasegna, el más joven y pequeño de la división (en poco tiempo su estatura y su aspecto agurruminado desaparecieron como le había predicho su padre) y otros compañeros ya mayores.. Pasando Gaona subía a menudo el profesor de Matemáticas, Ponce. Que después del 55 fue vicerrector. Mis profesores de matemáticas fueron Guarino, Talía y Rocha. En química tuvimos a González y a la. Maglia.  En física, a Bishop y Lamenza.. En historia, me olvido de algunos, eran la Sra. Nieto Arana,  Sánchez Sorondo (hijo de quien fue ministro de interior del dictador Uriburu), Masciotra y Hebe Caracotche, alguien muy apuesta y simpática. En geografía, a la Sta. Constantini, Wirth (el padre), la Sra. Cambados y algún otro. En castellano, Petrazzini y Susana Eguía Seguí. En mineralogía, a Maniglia.  En dibujo a Viberti  y a la Sra. Busón. Con ella y con Mascialino (latín) conocí  por única vez en cinco años el acíbar de diciembre ¿Cómo es posible irse a examen en ¡dibujo! tan luego? Tal hazaña yo la concreté ante la  extrañeza de mis compañeros para quienes era inédito que alguien fuera a diciembre por esa materia.  Era como irse por Trabajo Manual o Ejercicios físicos. ¡jaja!  Lo del latín fue otra cosa. Mascialino era como Mazzei, un maniático con las notas, seis cincuenta, siete treinta y tres, todo en plan ofertas y rebajas de tienda. A mí me mandó a examen con seis sesenta  y uno. Llegué tarde a las ofertas del “Vulpes  et uva”. A fin del año lectivo se realizaba una reunión de profesores para entregar los conceptos, que figuraban en el boletín anual.  Viberti era muy educado y enviaba una carta de felicitación a los padres cuyos hijos eran por lo visto unas lumbreras. Hablando de lumbreras, nuestra división estaba huérfana de ellas, había alumnos más o menos estudiosos, más o menos inteligentes, pero sin deslumbrar. En la tercera división del año inmediatamente superior se conocían dos talentos que disputaban los nueve y  los dieces cabeza a cabeza. Se llamaban Jorge Segreto y Mastroianni Pinto pero no rivalizaban ni eran arrogantes con el resto.. Eran buenos tipos.
            Las relaciones horizontales con las terceras eran muy buenas, había una hermandad en el estudio a pesar que sus profesores no eran los nuestros. Las divisiones de la mañana eran totalmente desconocidas para las de la tarde y viceversa. Las verticales de la tarde sólo tocaban al año superior, con el inferior no había vínculos. Cuando ingresé existía un Club Colegial cuyo cometido hoy no puedo especificar como no fuese que cobraban una cuota para `pertenecer al mismo. Creo que eran los que organizaban los torneos deportivos, ajedrez, etc. La otra institución autorizada era muy activa, me estoy refiriendo a la Cooperadora cuyos integrantes eran los padres de los alumnos. Colaboraban dentro de sus limitaciones  en comprar libros, refaccionar el colegio y organizar actividades sociales con las autoridades del colegio y los padres.
            En nuestra división había endogrupos. Una élite social encabezada por González Botana agrupaba a la crema del barrio. Eran cinco o seis alumnos de familias tradicionales que jamás presumieron de su nivel social. La masa amorfa, hasta que no descubrió Petrazzini lo de la Élite intelectual estaba inmersa en el anonimato.  Pero vino Juana Azurduy y nos jerarquizó, otros cinco o seis alumnos adquirían “identidad”. Estas anécdotas provocaban chorros de ironías y de pullas entre nosotros porque en el fondo nadie se lo tomaba en serio. Eso sí , agradecíamos a Petrazzini y a Mazzei sus ocurrencias a cual más ingeniosa.  A González Botana casi todos los profesores le preguntaban por su grado de parentesco con el periodista más renovador y poderoso que conoció Argentina en su historia moderna: Natalio Botana a partir de su diario “Crítica” y cuya memoria estaba fresca.  Botana, quizás un poco harto que todo el mundo le preguntara por su tío era naturalmente arrogante pero no por su pariente sino por su personalidad más allá de todo. Diplomado de médico, a través de conocidos comunes supe que treinta años después seguía igual. Su contratara era Curras, hijo de obreros, brillante alumno, dibujante excepcional, idealista y liberal. Yo iba de graciosillo y una de mis ocupaciones luego de 3º  era  confeccionar semanalmente una “cartelera” que consistía en jugar con los nombres de las películas y las obras teatrales en cartelera extrapolándolos a situaciones internas del colegio, la división, los profesores, etc. Nuestra actividad artística tuvo su cénit en 5º año. En la división apareció ese año un extraterrestre llamado Leopoldo Ruiz que inspirado en visiones  e impulsos caiga quien caiga, se abocó a montar en el teatro Smart una comedia teatral con actores, decorados, maquilladores. Toda la parafernalia de una obra teatral digna de la calle Corrientes. La obra se llamaba Cascabelito y se había estrenado en la década del veinte sin mayor repercusión.  Lo curioso de la situación fué que contó casi exclusivamente con la colaboración de la gente del interior que cursaba 5º 4ª y 5º 3ª Excepto quien esto escribe y Cartasegna nadie del núcleo tradicional de la división apoyó el envite.  Ruiz era terrible, cambiaba continuamente de frentes. Un advenedizo metido a improvisar festivales, mentía a discreción, generaba resistencias lo que hacía que su credibilidad estaba por los suelos.  Ahora diríamos que se trataba de un chanta. Nadie se fiaba, el elenco estable de 5º4ª era bastante serio y no quiso embarcarse en la aventura que a pesar de todo salió bien. El 25/10/54 subió a escena por única vez “Cascabelito” con un grupo de actores improvisados pero voluntariosos. Quien esto escribe hizo de traspunte y se dedicó a atravesar el escenario  varias veces durante la representación, de galera y gafas oscuras con una maleta. Al final se desveló el misterio. La maleta contenía el discurso de clausura, un rollo que desenroscado llegaba hasta la platea. Pero el discurso real estaba escrito y me tocó a mí pronunciarlo con brevedad. Además del plato fuerte que era la representación teatral, hubo muchas intervenciones pero no de alumnos de la división excepto Cartasegna que junto a su novia protagonizaron en playback un dúo comifónico  muy celebrado. Hubo solistas de instrumentos musicales, piano, guitarra,  recitados, bailes…No he mencionado aún que el festival hubiese sido irrealizable sin la ayuda inestimable del colegio Fernando Fader (exclusivamente de mujeres). Ellas hicieron la escenografía, actuaron, cantaron, bailaron y nos desapolillaron a nosotros en una época que no existían los colegios mixtos. Para mí, fue lo mejor del festival, ese intercambio, esa complicidad que nunca habíamos experimentado. Las jóvenes eran abiertas, frescas, sencillas. Nosotros parecíamos vejestorios rígidos, tímidos y acomplejados.  No sé cómo será ahora pero los 16-17 es una edad estupenda para el amor, la lírica, el ideal, la música. En el tema musical me ayudó mucho Lalo Cartasegna. Seguíamos a un animador de Radio Mitre que se apellidaba Rodríguez Luque y presentaba diariamente sesiones programadas a distinta horas. Allí conocí a Los Plateros, Paul Anka y muchos conjuntos más que mi memoria ha olvidado. Demás está decir que gané a una joven del Fader, una amistad breve pero hermosa. Tampoco fue vana mi incursión teatral aunque fuese como traspunte.  Con otras amigas del Fader estuvimos tonteando ese verano alrededor de una obra que había escrito una de ellas.
            ¿Cómo eran las vacaciones durante el secundario? Nos perdíamos de vista como si cada uno se fuera al trasmundo y a pesar de vivir cerca unos de otros, jamás compartíamos nada esos cuatro meses. Increíble pero cierto. En marzo, con el reencuentro retomábamos esa amistad “lectiva” por llamarla de algún modo. Yo volvía de las vacaciones en la playa y a mis amigos del barrio.  Siempre me gustó aprender y preparar las materias de cada día. No tenían sentido “las ratas” porque tampoco me gustaba andar boludeando en los bares.  Yo, sin proponérmelo, había logrado “legalizar” las ratas. No era raro que mis padres se presentaran en el colegio dos horas antes de la salida para llevarme al cine. Esto sucedía en 1º y 2º, luego se terminó. Mi círculo de cinco o seis amigos eran como yo, tal vez un poco rígidos. A mí me gustaba frecuentar el Odeón, el primer piso donde había billares. Los viernes recalábamos en “La cuyana” donde preparaban unas empanadas gloriosas. No recuerdo si fue en 3º o en 4º que dejé de tomar el 134 en Directorio y Carabobo, nos íbamos andando los tres o cuatro de siempre hasta la Plaza Flores donde cada uno tomaba su transporte, tren, colectivo, tranvía. En la equina de Directorio pasaba un tranvía destartalado que parecía salido de la pluma de Oliverio Girondo. Bajaba hasta Donato Álvarez  y desde allí iba desgranando seis o siete compañeros –el ala judía le llamaba yo- a lo largo de La Paternal, Parque Irlanda y Av. San Martín.  Después se quitaron, pero tanto Pedro Goyena como Carabobo y Alberdi contaban con espacios centrales acordonados y con pastos para las vías tranviarias. En cada edad uno tiene afinidades con gente diversa para compartir lo que fuere.  Pues bien, con Orrea, un compañero anexo al círculo áulico se nos ocurrió un día anotarnos en un curso prematrimonial que daba un sacerdote en las dependencias de la Iglesia. Barajando vaya a saber qué fantasías nos brindaría allí el sacerdote fuimos dos o tres veces y nos retiramos decepcionados. Evidentemente, nuestra mente calenturienta nos había jugado una mala pasada.  Donde fuimos varias veces fue a las concentraciones de la UES en la ciudad Infantil y en la Juvenil  que estaban cerca, alguna exhibición gimnástica, algún partido de Polo y sospecho que algún reparto de sándwiches y bebidas.

            5º año fue glorioso, la alegría de coronar el bachillerato se mezclaba con la incertidumbre de ingresar a la facultad, decisión que aunque ya tenía tomada no dejaba de intranquilizarme, por esa inseguridad, ese temor a fracasar ante un  nuevo desafío existencial.

La siguiente foto nos la envió Juan Carlos Guido y Spano de la promoción 1954:

De Promoción 1954

Su esposa Manita nos escribe:

LA FOTO DEL URQUIZIANO EN LA FILA QUE ESTA PRIMERA SON 5 ATRAS DE EL HAY OTRA FILA TODOS VESTIDOS DE CLARO EN LA CUARTA FILA EN EL MEDIO VESTIDO DE OSCURO SIII ESE ES EL URQUIZIANO CLASE 1954

ME ENCANTA COMO ESTAN DE COMUNICADOS YO SIENDO SU MUJERCITA DESDE HACE 52 AÑOS LAMENTÉ PROFUNDAMENTE QUE LA CLASE DE EL NO FUERA COMO UDS.

SE REUNIERON UNA SOLA VEZ EN UNA CONFITERIA SOLO 6 ( PROHIBIDO IR CON ESPOSAS ) Y NO SE PODIAN TENER, AFABLE Y EDUCADAMENTE UNA OPINIÓN DISTINTA MI MARIDITO SE REENCONTRÓ CON VICTOR ABADI DE UNA MANERA INCREIBLE ..FUÉ POR MEDIO DE LA DIVINA BETTY DE PURA CASUALIDAD..EN LA PELUQUERIA DE SANDERS SIGAN JUNTOS QUERIDOS, YO TENGO UNA COMPA DE COLEGIO .FUI A LA SANTA UNION DE LOS SAGRADOS CORAZONES CON MAL DE ALZHEIMER Y ES DURO PERO ELLA SE CASÓ CON UN AMIGO DE JUAN CARLOS DESDE LOS 13 AÑOS UN BESO PARA TODO ESE GRUPO URQUIZIANO FANTÁSTICO

¡¡¡ COMO PINTA BETTY ABADI !!!


La siguiente foto y los nombres fueron enviados por Jorge Sainz Lopez de esta división:

De Promoción 1954
5to 4ta 54

Al evocar a través de la foto a mis compañeros confieso que me sorprendió acordarme de todos los apellidos e incluso de los barrios en que vivía cada uno. En el curso de la presentación evocaré asimismo algún que otro rasgo personal de mis viejos condiscípulos.
 
De izquierda a derecha y de abajo hacia arriba, estos son los nombres.
 
ECHEVERRIA (celador y estudiante avanzado de Derecho)
Arnaldo TUNIK (futuro abogado)
ACEVEDO (Flores. Vecino al Fernando Fader)
Leopoldo RUIZ (Flores. Factótum del Festival organizado en el teatro Smart el 25/11/54)
Madame PODESTÁ (profesora de francés)
Jose Manuel ORREA (La Paternal. Futuro abogado. Su familia poseía una tintorería en Donato Alvarez.)
Hector MONTAGNA (La Paternal)
Zenón WAGON (La Paternal)
 
Segunda fila.
MAGUA (vivía en una pensión. De origen sirio vino a estudiar a Buenos Aires desde un pueblo de Corrientes, Alvear)
PREMIO (procedía también del interior de la provincia de B.A., de San Pedro)
Rolando CARTASEGNA (mira a un costado, el menor de la clase. Villa del Parque. Su padre era médico)
José Carmelo SERIO (Floresta)
Alberto CURRAS (Liniers)
Marco VIBERTI (RECTOR)
Gerardo FABBRI (La Paternal)
 
Tercera fila
Miguel BOLLINI (Flores)
Roberto SEGURADO (Liniers)
Jorge SAINZ (Villa del Parque)
David Pavolotzki (Flores)
GALLINA (Mataderos)
BECKER (Flores)
 
Cuarta y última fila, entremezclados.
DAFFINA (Liniers)
SCARONE (Flores)
CELESIA (Flores)
CALABIA (Flores)
SCHNEIDER (Parque Chacabuco)
SANJURJO (celador)
WIRTH (celador. Hijo de uno de los profesores de geografía del Urquiza) Está entre Celesia y Souto.
SOUTO (Flores)-
WALD (Villa Devoto)
 
Faltan, que yo recuerde:
- LLANOS (Flores)
- Carlos GONZALEZ BOTANA (Flores)

- Juan Antonio HERNANDEZ (Flores, vivía frente al Colegio de N.S. de la Misericordia en cuya iglesia se efectuó la misa de fin de curso)

- RAMOS (de origen paraguayo que sólo compartió con la división el 5º año)

- MARTIRE (Flores) futuro médico. A veces fué el único del curso que ejerció tareas de celador.

Un saludo cordial                   JORGE SAINZ


Festejo de los 55 años de egresados el 21 de Noviembre de 2009

Fotos que nos envió Enrique Borcel

De Promoción 1954
De Promoción 1954
De Promoción 1954
De Promoción 1954
De Promoción 1954
De Promoción 1954
De Promoción 1954
De Promoción 1954





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